inteligencia artificial · 5 min de lectura

Es el momento de ser más humanos que nunca.

Ilustración del artículo: Es el momento de ser más humanos que nunca

Aunque buena parte del discurso sobre inteligencia artificial apunte en otra dirección, pretender que un sistema haga todo por nosotros no tiene sentido.

Los humanos tenemos experiencia, creatividad y, sobre todo, encarnación: vivimos en nuestro cuerpo las consecuencias de nuestros actos.

Si nos equivocamos, podemos perder dinero, un cliente, el trabajo, o la confianza de quienes nos rodean. O incluso ir a la cárcel. En cambio, si lo hacemos bien, podemos alcanzar seguridad, reconocimiento, satisfacción o un sentimiento profundo de realización.

Una inteligencia artificial no se juega nada de eso.

Puede preparar una propuesta comercial en pocos minutos, ordenar los argumentos y anticipar algunas objeciones. Pero no estará en la reunión cuando el cliente empiece a pedir responsabilidades.

No sentirá vergüenza. No perderá la confianza de un compañero. No tendrá que mirar a nadie a los ojos y explicar por qué tomó una mala decisión, y nosotros sí.

Una inteligencia artificial no se juega nada. Una máquina puede producir, pero no responder, ya que producir una respuesta no es responder por ella.

La IA no firma el contrato. No comparece ante un juez. No pierde dinero ni reputación. Tampoco conoce a las personas que podrían resultar perjudicadas por su recomendación.

Pero esto no invalida su utilidad, sino todo lo contrario: ayuda a poner la herramienta en su sitio.

La inteligencia artificial puede intervenir en partes importantes de un proceso. Lo que no puede hacer es asumir sus consecuencias.

Cuando decimos “lo decidió el algoritmo”, no estamos trasladando la responsabilidad a ninguna parte. Estamos intentando esconderla y esto tiene un recorrido muy corto, y unos daños que pueden ser incalculables (y medibles, en algunos casos, cuando ya es demasiado tarde).

Automatizar una tarea no elimina la responsabilidad

Hannah Arendt escribió al comienzo de La condición humana:

“Lo que propongo, por tanto, es muy sencillo: nada más que pensar en lo que hacemos”.

La frase es de 1958, pero resulta especialmente pertinente ahora.

La gran pregunta no es cuánto puede hacer la inteligencia artificial, sino cuánto estamos dispuestos a dejar de pensar mientras la utilizamos.

Una cosa es delegar una tarea, y otra muy distinta delegar el criterio.

Un economista puede utilizar IA para preparar el borrador de un informe, pero sigue firmando las conclusiones. Un abogado puede emplearla para localizar jurisprudencia, pero no entregarle la estrategia de un caso. Un diseñador puede generar veinte variantes en minutos, pero alguien tendrá que decidir cuál merece ser defendida ante el cliente.

La herramienta cambia según el oficio. La responsabilidad no se mueve de sitio.

Como explicamos en Si la IA te da más trabajo, está mal integrada, automatizar debería reducir carga y fricción, no añadir otra capa de supervisión innecesaria.

Delegar una tarea puede ser inteligente. Delegar el criterio es renunciar a él.

El tiempo liberado debería volver a las personas

La promesa más interesante de la inteligencia artificial no es hacer desaparecer a las personas de los procesos. Es permitir que estén presentes donde su intervención tiene más valor.

El tiempo recuperado puede dedicarse a observar mejor, conversar con un cliente, comprender un conflicto, contrastar una hipótesis o imaginar una posibilidad que no aparece en los datos.

Son actividades más difíciles de medir que el número de documentos producidos. Sin embargo, suelen determinar la calidad del trabajo.

Una empresa puede generar informes más rápido y seguir tomando malas decisiones. Un profesional puede responder más correos y comprender peor a las personas que tiene delante.

Podemos producir más y, al mismo tiempo, comprender menos.

Por eso, antes de delegar una tarea, conviene hacerse tres preguntas:

  • ¿Qué queremos delegar exactamente?
  • ¿Quién revisará el resultado y responderá por él?
  • ¿Qué capacidad humana queremos recuperar con el tiempo liberado?

Si no sabemos responderlas, quizá no estemos mejorando el trabajo. Tal vez solo estemos aumentando la distancia entre una decisión y la persona que tendrá que asumir sus consecuencias.

Automatizar el trabajo irrelevante debería permitirnos estar más presentes en el importante.

La inteligencia artificial debería ampliar lo humano

Cuanto más capaces sean las máquinas, más importantes serán las cualidades que no podemos externalizar: el juicio, la empatía, el coraje, la imaginación y la responsabilidad.

Ser más humanos no significa rechazar la tecnología ni refugiarse en la nostalgia. Significa utilizarla sin entregar la autoría de nuestro trabajo.

Una inteligencia artificial puede ayudarnos a hacer más. Nosotros seguimos teniendo que decidir qué merece la pena hacer, qué límites no conviene cruzar y qué consecuencias estamos dispuestos a asumir.

La responsabilidad no se automatiza

Ese es el criterio que trabajamos en Neurona Center: aprender a utilizar la inteligencia artificial sin dejar de pensar, decidir y responder por lo que hacemos.

Lo aplicamos en el curso presencial de IA, para aprender a utilizar estas herramientas con criterio; en el programa individual, para quienes necesitan integrarlas en su propio trabajo; y en la consultoría para empresas, para decidir dónde puede intervenir la IA y dónde debe seguir haciéndolo una persona.

Porque una máquina puede producir una respuesta.

Responder por ella sigue siendo cosa nuestra.